En el cine no ha habido ojos como los de la Davis.
Capaz de ser ellos los malos de la película.
Expresivos, cariñosos, graciosos, malintencionados, cretinos, sumisos, devastadores, ardientes, deseados, heladores... y siempre atrayentes.
Desde la temperamental Julie Marsden de Jezabel al abatimiento de Regina en La loba. Desde Baby Jane a la actriz en decadencia Margot Chaning en Eva al desnudo. Desde la Leslie Crosbie de La carta a la Apple Annie alcoholizada de Un gángster para un milagro.
Siempre, siempre sus ojos serán distintos.
No se puede contar más sin hablar.
Capaces de hacer bellísimo un rostro que lo era menos.
Pertenece al disco Fire Of Unknown Origin de BÖC [1981], que contiene además la pieza Burnin’ for you y del que se extraerían varios temas para la película Heavy metal.
Confidencias (Luchino Visconti, 1974), basada en el ensayo Escenas de conversación del crítico de arte y coleccionista Mario Praz, la adaptación cinematográfica fue escrita por el propio Visconti, además de Enrico Mediolí y Suso Cecchi d ‘Amico. Está protagonizada por Burt Lancaster, Silvana Mangano y Helmut Berger y se desarrolla íntegramente en las habitaciones de una vivienda romana, que parece más un museo que una casa particular dada la abundancia de obras de arte allí reunidas.
Tras El Gatopardo (1963), Luchino Visconti cuenta de nuevo con Burt Lancaster en el papel protagonista. El actor norteamericano encarna magistralmente a un culto y viejo profesor de arte que colecciona pinturas inglesas (grupos de familia) del siglo XVIII entre otros objetos de arte. Acoge accidentalmente como huéspedes de su mansión romana a una extraña familia compuesta por una condesa, su hija y los amantes de ambas. El film refleja con ritmo pausado la irrupción de las cuatro personas en la sosegada vida del profesor y la repercusión que la agitación tiene en su existencia e incluso llegan a hacer olvidar a éste su pasión por el arte, única afición que llenaba su solitaria vida.
El protagonista es un ser genérico del que no se llega a decir el nombre, durante toda la película es nombrado como “El profesor”, que vive aislado del mundo con la única compañía de sus recuerdos, sus obras de arte, sus libros, la música y su vieja asistenta. Al comienzo de la película, los propietarios de la Galería Blanchar de París irrumpen en su casa con la intención de venderle un cuadro, oferta que éste declina cortésmente, aunque no duda de su calidad. En el momento que los marchantes de arte se van sin haber cerrado la operación, aparece la condesa Brumonti (Silvana Mangano) con la intención de alquilar la vivienda de arriba. Cuando llama a la galería para comprar el cuadro se entera de que ya ha sido vendido. Al día siguiente, su abogado Micheli le informará que ese cuadro lo han comprado los Brumonti y que se lo ofrecen como anticipo de los primeros tres meses de alquiler. Al tocarle en su "fibra sensible", el profesor accede por fin al alquiler.
Entre el profesor y Konrad (Helmut Berger), amante de la condesa, surge una curiosa sintonía debida a gustos comunes: el joven descubre junto al tocadiscos del profesor un disco de Mozart y pide escucharlo. También demuestra, al ver encima de la chimenea un paisaje con figuras, conocer la pintura de Arthur Davis, artista inglés del siglo XVIII. Más tarde le llevará una fotografía de un cuadro del mismo pintor que tienen unos amigos suyos. Acabará considerando a sus ruidosos inquilinos como su verdadera familia.
El personaje del profesor contiene referencias inevitables al propio Visconti: las nuevas generaciones a las que no entiende, su militancia izquierdista e incluso su amor por Helmut Berger.
La clase de Visconti en la decadencia de un hombre. EL CINE YA NO EXISTE
Un grupo se aísla en la Antártida para resolver los enigmas que yacen enterrados. El interés de la ciencia lleva a los personajes a viajar a lugares inhóspitos y remotos. Refugiados en un base científica estadounidense para el estudio del desconocido continente antártico, el ruido de un helicóptero que aparece por detrás de las montañas que forman el circo helado, donde está ubicado el campamento, rompe con la monotonía del silencio del desierto blanco. Un Alaskan Malamute corre por la nieve esquivando los disparos desde el aire que hace un científico noruego, pero este muere sin poder contar el porqué de su comportamiento…
Nos encontramos ante una de las grandes películas del género de terror, La cosa (El enigma de otro mundo,1982), nacida a la estela del éxito de Alien, el Octavo pasajero (1979) y estrenada unas semanas después de E.T. (el extraterrestre bueno) nos cuenta como una extraña criatura proveniente del espacio exterior es desenterrada de su eterna sepultura en la nieve y toma la forma del ser orgánico al que se acerca, imitándolo físicamente y en comportamiento, lo que hace imposible detectarlo. Remake de la producción de Howard Hawks El enigma de otro mundo (1951) dirigida por Christian Nyby es la primera producción dirigida por John Carpenter (La noche de Halloween, La niebla) para una major, la Universal Pictures.
El mimetismo del visitante de otro mundo es lo que hace al grupo, formado únicamente por hombres, vivir en un estado de desconfianza tal, que no saben si ellos mismos están infectados. La sospecha provoca la separación del grupo y por ende la autonomía del individuo.
La nieve juega un papel importantísimo como aislante de toda vida humana que pueda llegar a redimir a estos hombres. Todo el continente se vuelve un pequeñísimo reducto por el clima, que se enfurece cuanto más se empieza a salir al exterior. Este ser que ha vivido crionizado en las bajas temperaturas tiene por un lado el afán de supervivencia y por otro el de conquista, como todo ser vivo. Si el último de los científicos fuera absorbido la humanidad correría serio peligro.
Las situaciones límites, el rojo de la sangre sobre el blanco de la nieve, la gélida noche, los gags y guiños a los conocimientos geográficos de los estadounidenses llamando suecos a los noruegos, el sombrero de vaquero de Kurt Rusell al estilo Looney Toons, las muertes, las transformaciones de la cosa al más puro estilo gore, los guiños al cine, la fotografía de interiores y exteriores, los maquillajes helados, el vaho corporal permanente, los efectos de la Industrial Light and Magic, la música de Ennio Morricone con sus aterradoras percusiones y un final sin solución hacen de esta película un clásico que no ha hecho sino mejorar con el tiempo.
EL CINE FUE UN VEHÍCULO PARA EXPRESAR LAS DUDAS EXISTENCIALES.
En 1959, Ingmar Bergman rodeado de un equipo artístico y técnico de su confianza realiza otra de sus grandes películas, El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1959), redondeando así una de sus épocas más creativas y que más ha aportado al cine: El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957), Fresas salvajes (Smultrontället, 1957) y El rostro (Ansiktet, 1958). Basada en un leyenda medieval y con un guión en forma de cuento, el realizador sueco juega con Dios mostrándonos sus eternas dudas sobre la existencia del Altísimo. La secuencia inicial, compuesta por dos planos, nos da claves sobre el agnosticismo del director: la evocación a los dioses antiguos escandinavos por parte de una sirvienta embarazada y su contraposición con el matrimonio postrado ante la presencia de un cristo tallado, con fuertes alusiones al Cantar de los Cantares.
Para ofrendar a la Virgen hay que cruzar el bosque y el acaudalado padre Torë (Max von Sydow) manda a su hija -el ángel- como penitencia atravesarlo. Caprichosa ella, decide ir acompañada por la amiga embarazada -el diablo- que aquejada de dolores se queda en la misma puerta del bosque. Mientras tanto, la doncella, que viste sus mejores galas, se adentra en la cada vez más escalofriante maraña de ramas. A mitad de camino, se topa con tres hermanos pastores hambrientos, uno de ellos un niño, que aprovechándose de su bondad la violan, la matan, la roban y casi la entierran, ante la mirada de su amiga escondida entre la maleza. El padre, al saber de la muerte de su hija, corta las ramas de un abedul y se flagela para acometer la venganza de los pastores homicidas, incluyendo al niño (durísimo plano). Después, la comitiva familiar parte hacia el bosque en busca de la ninfa muerta. Hallada pues, el afligido padre impropera al Dios supremo -¡Dios mío por qué me has abandonado!- y busca la redención ofreciéndole al Santísimo una iglesia de piedra y barro hecha con sus propias manos… Al levantar el cadáver de la chica en el bosque, súbitamente iluminado, brota bajo ella el manantial, el manantial de la doncella.
Bergman nos ilumina en claroscuro los interiores, enseñándonos las costumbres de la familia que vive para y por la iglesia; con sus ayunos y abstinencias, con encuadres que recuerdan la última cena. Bucólico hasta los extremos en los planos exteriores, incluyendo notas del más puro folklore sueco, nos lleva al milagro final: el manantial que surge de la doncella que yace en el bosque, que se convierte así en una puerta que comunica este mundo con el más allá.
Leyenda, tenebrosidad, cuento, fantasmas, violación, asesinatos, hospitalidad, venganza, milagro.. y ante todo bosque. Un bosque que atrapará para siempre la bonanza de la niña samaritana y en donde se levantará su iglesia.
Los presentimientos tomaron forma. EL CINE YA NO EXISTE.
Operación Cicerón (Joseph L. Mankiewicz, 1952) nos cuenta las andanzas de Diello (James Mason), secretario de altos vuelos del embajador inglés, en la Turquía neutral en la Segunda Guerra Mundial. Allí se darán cita los intereses por dominar la contienda de alemanes e ingleses en una historia verídica que estuvo a punto de cambiar los designios de la guerra.
Mankiewicz no se aleja de su estilo, muy teatral, casi siempre en interiores y con unos diálogos fantásticos llenos de giros y metáforas. El suspense y la incertidumbre rodean este clásico para contarnos que el menos sospechoso puede ser el más ambicioso.
Memorables la escena en la fiesta de la condesa Staviska que despide a una embajada para atender a la contraria o la secuencia de la persecución por el zoco.
El final es notable, desenlace de un guión y una realización que se comportan como maquinaria del mejor reloj suizo.
Este fragmento es una adaptación cinematográfica que corresponde íntegramente al relato corto Los asesinos de Ernest Hemingway. Se trata de la secuencia inicial de Forajidos (Robert Siodmak, 1946) que se cierra cuando aparece en pantalla el personaje interpretado por Burt Lancaster, el hombre al que van a matar, que da lugar al primer flash-back. Es un claro ejemplo de cómo llevar un texto íntegro a la pantalla y a partir de ahí construir un guión original -obra de Anthony Veiller-.
Una de las grandes piezas del cine negro. Rodada magistralmente, contiene movimientos de cámara increíbles y una iluminación expresionista. Esto es cine.